Recursos para su estudio preparado por el Arq. Agustín Ribadeneira y Arq. Mishell Echeverria Profesores de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Central del Ecuador
miércoles, enero 09, 2013
jueves, junio 28, 2012
·Estilo Internacional: la arquitectura desde 1922; Nueva York, 1932
The International Style: Architecture Since 1922,
Nueva York 1932
Henry-Russell Hitchcock (1903-1987)
Philip Johnson (1906-2005)
Henry-Russell Hitchcock (1903-1987)
Philip Johnson (1906-2005)
Este libro, el manifiesto arquitectónico norteamericano más importante anterior a Complejidad y Contradicción en Arquitectura, 1926, de Robert Venturi, surgió en el contexto de una exposición organizada por el Museum of Modern Art en 1932, la primera exposición sobre arquitectura que se desarrollaba en ese Museo de Nueva York, inaugurado dos años antes. Philip Johnson, primer comisario de la sección de arquitectura del museo hasta 1934, el historiador Henry-Russell Hitchcock y Alfred H. Barr, director del museo, desarrollaron la idea en otoño de 1930. La preparación corrió a cargo sobre todo de Johnson, a quien años antes Hitchcock había llamado la atención sobre la arquitectura moderna, durante sus viajes por Europa, en una visita a la Exposición Alemana de Arquitectura (1931) en Berlín y durante sus conversaciones con arquitectos como Ludwig Mies van der Rohe, Walter Gropius, Erich Mendelsohn, Jacobus Johannes Pieter Oud y Le Corbusier. La exposición, titulada: “Modern Architecture: Internacional Exhibition”, fue inaugurada el 10 de febrero de 1932. Su objeto eran las obras construidas, entre otros, por Mies van der Rohe, Walter Gropius, Hans Scharoun, Otto Haesler, Le Corbusier y Alvar Aalto, así como por otros arquitectos procedentes de Austria, Bélgica, Alemania, Inglaterra, Francia, Holanda, Italia, Japón, España, Suecia, Suiza y la Unión Soviética, pero también por norteamericanos como Raymond Hood, Frank Lloyd Wright, Howe & Lescaze y Richard Neutra. Solo se presentaron obras realmente construidas, ningún proyecto visionario, tampoco los de los constructivistas rusos. La exposición se centro en cuatro obras: villa Savoie de Le Corbusier (1930), Casa Tugendhat de Mies van der Rohe (1930), que Johnson consideraba la obra más importante de la arquitectura moderna, la “Casa de la Mesa” de Frank lloyd Wright en Denver (1931) y la casa del holandés Peter Oud acababa de construir para la madre de Johnson en Pinehurst. Además había una sección sobre construcción de viviendas de la que se ocupó el crítico Lewis Mumford. La exposición fue reconstruida en 1992 por Terence Riley en la Universidad de Columbia. El libro “The International Style: Architecture Since 1922” fue escrito durante los preparativos de la exposición. Contiene 138 ilustraciones, vistas fotográficas de exteriores e interiores, así como plantas por orden alfabético de los arquitectos, para evitar cualquier diferenciación nacional. El texto, relativamente breve, acompañado de una introducción de Alfred Barr, procede de la pluma de Hitchcock; Johnson sólo lo corrigió. El texto no solo trata las diferentes obras, sino que intenta deducir una definición de estilo de las propiedades comunes de la nueva arquitectura, siguiendo el análisis de formas propio de la historia del arte. La idea fundamental es la siguiente: las nuevas obras que aquí se exponen representan el estilo arquitectónico vigente en el presente, y este estilo es universal y único, como sucedía con los estilos en las diferentes épocas de la historia del arte, como el gótico o el barroco. Hitchcock diferencia este nuevo estilo no solo del historicismo del siglo XIX, ya superado, sino también de la nueva arquitectura anterior a la Primera Guerra Mundial, como la de Peter Behrens, Otto Wagner, Auguste Perret y también Frank Lloyd Wright, que denomina “semi-moderna”. Para él, los pioneros y primeras filas de este estilo eran Walter Gropius, J.J.P.Oud, Le Corbusier y Mies van der Rohe, así como –en un segundo plano- Gerrit Rietveld y Erich Mendelsohn. Hitchcock rechaza de plano la tesis funcionalista de muchos arquitectos para quienes el elemento estético no tiene importancia en la arquitectura de la era industrial, pues la forma surge por sí misma de la lógica del cumplimiento de una función y de la adecuación a la técnica; opone a esta tesis la diferencia esencial entre arquitectura y construcción y subraya el carácter artístico, también de la arquitectura moderna. Hitchcock define como propiedades constitutivas de la estética del nuevo estilo tres principios fundamentales: en primer lugar, la arquitectura ya no se considera como masa, sino como volumen. En lugar de un muro macizo de mampostería, el espacio se compone de superficies y planos; en la claridad geométrica de sus superficies lisas, el volumen parece inmaterial e ingrávido. El segundo principio es la regularidad, que sustituye a la geometría axial; ahora bien, no se trata de la monotonía de una regularidad absoluta, sino de la composición rítmica de formas regulares. El tercer principio es la renuncia a toda decoración; su lugar lo ocupan la elegancia del material, la perfección técnica de los detalles y las proporciones adecuadas como cualidades estéticas. Estos tres principios definen una estética de la forma matemática abstracta que se corresponde con la pintura abstracta. Hitchcock explica la aplicación de estos principios con ejemplos tomados de las ilustraciones del libro y proporciona recetas a los arquitectos para evitar errores. En el prólogo de una reedición de 1965, Hitchcock expuso que, cuando se publicó, lo más llamativo de su libro no era tanto lo que en él se decía como el momento es el que se hacían esas afirmaciones. Cuando salió a la luz en 1932, era la primera vez que se trataba la arquitectura moderna aplicando el método de análisis de formas y el concepto científico de estilo propio de la historia del arte. El objetivo era mostrar a los arquitectos norteamericanos que existía un estilo contemporáneo de validez universal, aunque en Estados Unidos no se hubiera dado aún a conocer. El concepto de “Estilo Internacional” propugnado por Hitchcock y Johnson se inspira en la obra de Walter Gropius “Internationale Architektur” (“Arquitectura Internacional”, libros de la Bauhaus I, 1925) y en el concepto de “estilo internacional hacia 1400”. Objeto de crítica fue que el libro sigue casi exclusivamente un punto de vista estético, mientras que el aspecto social de la nueva arquitectura, que Lewis Mumford había subrayado en el catálogo de la exposición, solo se trata en un breve capítulo final, que lleva el título con la palabra alemana The Siedlung (la urbanización). En 1951, Henry-Russell Hitchcock relativizó bastantes de las tesis defendidas en su libro de 1932, en un artículo titulado “The Internacional Style Twenty Years After”, que se publicó en la Architectural Record. Ahora veía que el estilo internacional estaba llegando a su fin y pensaba que esa validez absoluta del carácter racionalista de la arquitectura, propugnada en aquel entonces, había resultado un error histórico, pues esa misma validez histórica la poseían otras corrientes existentes en los años veinte. Así lo subrayaba ahora, sobre todo frente a Frank Lloyd Wright, quien en 1932 había protestado contra la exposición, a la que acusó de propaganda, amenazando con retirarse. En su libro, Hitchcock ni siquiera mencionaba a Wright. La exposición de 1932, que, después del Museum of Modern Art, se expuso en otras 13 ciudades de Estados Unidos, y el libro despertaron un gran eco. Prepararon el camino para la llamada de Gropius a la Universidad de Harvard (1937) y la de Mies van der Rohe a la de Chicago (1938) y, en general, para el cambio de dirección en la arquitectura norteamericana después de la Segunda Guerra Mundial.
Teoría de la Arquitectura, del renacimiento a la actualidad. Koln, 2006, Editorial Taschen
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jueves, mayo 31, 2012
WILLIAM MORRIS (1834.1896)
La
actividad de William Morris (1834-1896) se desenvuelve en varios campos y a
diversos niveles, desde el arte a la política, del artesanado al comercio, del
directo impulso individual a la promoción de movimientos colectivos, de la
actividad práctica a la formulación teórica. Los hechos más importantes de su
biografía son: los estudios en Oxford; la experiencia (interrumpida) en el
campo de la arquitectura; su asociación con los prerrafaelistas; la
construcción de su vivienda, la Casa Roja, proyectada por Ph. Webb, pero
decorada por él; su actividad política, desarrollada primero en el ala radical
del partido liberal y después en la Socialist-League; la
apertura de la firma Morris, Marshall, Faulkner & Co., fabricante de
muebles, tejidos y elementos de decoración; la fundación de un taller de
tipografía, la Kelm- scott Press; la institución del Art
Workers Guilcl; la promoción en 1888 de las exposiciones de Arts and Crafts,
expresión que ha continuado denotando la totalidad del movimiento originado
por su obra.
Comparando
la posición de Morris con la de sus predecesores, podemos decir que el soporte
ideológico de la actividad de Pugin es el catolicismo, y el de Ruskin, el esteticismo,
primero, y el moralismo social, después, mientras que la obra de Morris
encuentra su salida más coherente en el socialismo, sin importar su ortodoxia
en la línea marxista.
Hereda
de Ruskin la valoración social del arte, la profunda adhesión al trabajo y al
gusto medievales, la aversión por la producción industrial de su época, etc.,
pero proporciona una explicación menos intuitiva, más lógica y coherente que la
de Ruskin de estos aspectos, ya tradicionales para el Gothic
Revival. Mediante una evolución racional señala también un modo
de superar las contradicicones de su tiempo. En este sentido Morris no es un
moralista, sino un auténtico reformador.
Parte
de la consideración de Ruskin de que el arte es la expresión del placer del
trabajo, y como casi todos los hombres viven de su propio trabajo, dedicándole
la mayor parte de su vida, es un gran perjuicio social mecanizarlo,
despojarlo de toda participación humana. Esto no se refiere sólo al artesano,
sino que, traduciéndose en la calidad del producto manufacturado, afecta a todos
los que disfrutan de la producción. El arte, por tanto, no es un fenómeno
meramente estético, sino «un importante sustento de la vida». Desde este
presupuesto, Morris extiende la idea del arte a todo el mundo de la vida: no
se refiere sólo a la pintura, a la escultura y a la arquitectura, sino también
a las formas y colores de todos los objetos útiles, a la disposición de los
campos, a la red de carreteras, a la administración de la ciudad, etc. Desde
esta visión amplia y cualificadora del arte tóma cuerpo el método de
consideración unitario que en el Movimiento Moderno afectará a todos los
sectores del proyecto, desde el diseño del artículo: más modesto hasta la
urbanística. La encarnación de este principio unitario nos la ofrece la propia
arquitectura, allí donde se entienda de acuerdo con su célebre definición por
la que «representa el conjunto de las modificaciones y de las alteraciones
llevadas a cabo sobre la superficie terrestre en virtud de las necesidades huma-
nías, exceptuado el puro desierto».
Y
si
esto es la arquitectura, nadie puede desinteresarse ni confiarla
exclusivamente a un grupo de técnicos: el arte y la arquitectura se convierten
así en un problema eminentemente político. Es éste carácter político, como se
ha dicho, el que va a diferenciar positivamente la contribución de Morris de la
de Ruskin. Además, contrariamente a la idea convencional que de él se tiene
como simple ejecutor de las teorías de su maestro y como medievalista
anacrónico, Morris, aun confundiendo a veces el sistema corporativo medieval
con el socialismo moderno, y no teniendo otro modelo disponible que el gusto y
el «espíritu» del gótico, tuvo un sentido muy vivo de la historicidad de su
tiempo. Gracias al socialismo comprendió que lo negativo de la producción
industrial no estaba tanto en los medios de producción como en el modo en que
se gestaba: las verdaderas causas de los males de la ciudad moderna y de la
crisis artística y proyectual son el sistema liberal, el mercantilismo, la ley
del máximo beneficio, pero no las máquinas; «las maravillosas máquinas
—escribe—, que en manos de los hombres justos y previsores habrían podido
minimizar la fatiga y mejorar la vida de la raza humana, se usan, sin embargo,
para fines contrarios». También gracias al socialismo reconoce que entre tantos
males de la revolución industrial ha surgido una realidad positiva: la
potencia creciente de la clase trabajadora. Además, identificando en el ritmo
de la producción el mayor desequilibrio del trabajo mecánico, en cuanto que
impone la máxima cantidad en menoscabo de la calidad y de las condiciones
laborales, Morris observa: «es lamentable que la civilización se haya impuesto
y que ahora sea imposible de limitar y controlar; esto resulta, al menos, en el
estado actual de las cosas, pero, teniendo en cuenta el portentoso cambio que
introduce la mecanización, bien puede ser que produzca daños más graves:
aniquilará, de hecho, el arte tal y como lo entendemos ahora, a menos que sea
sustituido por un nuevo arte; pero probablemente, queramos o no, destruirá
también lo que produce el odio del arte y así preparará el camino a un arte
nuevo cuyas formas nos son aún desconocidas» 21.
Como
se ve, la posibilidad de un cambio en la
función de las máquinas se admite sin reservas, unida a la consideración
de la muerte del arte —tema central
de la estética moderna—, o cuando menos de la muerte de un cierto tipo de arte
para dar vida a otro. En este sentido, la suya
ha demostrado ser una
auténtica profecía.
En especial, admitiendo el cambio de función en el uso de las máquinas, Morris
inicia ese intento de dar una calidad al producto industrial que constituye
otro de los fundamentos del Movimiento Moderno, y su actitud en esa dirección
es bastante más significativa que la asumida por otros como Cole, Laborde o
Viollet-le-Duc, que se habían adherido casi incondicionalmente a la industrialización.
De hecho, mientras que éstos querían resolver las contradicciones del sistema
productivo moderno desde dentro, por así decirlo, técnicamente, Morris, aun
alejándose del anacronismo de su maestro y reconociendo la irreversibilidad
del proceso en curso, sigue siendo un oponente del liberalismo industrial.
Cuando en la novela News from Nowhere, de 1890, entre muchas proposiciones
utópicas, mantiene la abolición de la fatiga, la sustitución del trabajo
mecánico por el creativo, la reducción de las necesidades superfluas y, por
tanto, la eliminación de la superproducción, Morris, basándose también en el
precepto de la Joy in labour, señala los modos de combatir lo que
Marx había definido como Entfremdung, es decir, la
escisión de la conciencia humana en dos partes ajenas, la alienación 22;
no sólo esto, sino que la problemática sociológico-productiva se ha revelado más
apremiante a medida que la civilización industrial ha ido evolucionando.
Por
lo que antecede podemos decir que en la obra de Morris pueden distinguirse una
previsión a largo plazo (la revolución social, el nacimiento de un arte radicalmente
diferente, la confianza en que la nueva clase tendrá del arte una idea más
sana, etc.) y unas realizaciones inmediatas (el interés y la práctica de las
artes aplicadas, la polémica reformadora, la fundación del movimiento Arts
and Crafts, etc). La palabra «entretanto», que aparece
continuamente en sus escritos y conferencias, indica su convicción de la
necesidad de actuar antes de que las modificaciones más radicales transformen
el sistema completo. Este doble aspecto, -revolucionario
y reformista, contribuye en gran manera al nacimiento del Movimiento
Moderno y define una orientación de crítica sociológica que ha caracterizado
la obra de los arquitectos y proyectistas de las generaciones sucesivas.
Como
conclusión de estas notas sobre la actividad de Morris, queremos hacer hincapié
en dos consideraciones. La primera tiende a superar el tópico que distingue una
parte más atrasada y una parle avanzada en su obra. Para nosotros este dualismo
carece de coherencia, y en ella no existe contradicción. En realidad, si bien
es cierto que la actividad de Morris en su conjunto pertenece al capítulo del
eclecticismo historicista, se ha dicho también que los aspectos aparentemente
fuera de su tiempo han de interpretarse como actitudes conscientes y
paradójicas para reforzar la unilateralidad de las ideas, para conseguir una
crítica más radical, para instituir un claro punto de referencia. Puesto que a
ellos se han referido muchos reformadores y que a partir de ellos ha tomado
vida la crítica a la ciudad industrial, debemos reconocer que sus fines han
sido plenamente alcanzados.
La
segunda consideración se refiere directamente a la relación entre arquitectura
y artes aplicadas. Morris se ocupó de estas últimas, pero su actividad incide
sobre la primera más que la de los propios arquitectos innovadores de su
época. Efectivamente, puesto que la reforma de todas las artes dependía de la
reforma de la sociedad, la arquitectura y la urbanística estaban demasiado
ligadas al sistema socioeconómico de la época, representaban sus efectos y su
reflejo; de aquí la dificultad de una intervención directa en estos sectores y
la inevitable caída en el formalismo de quienes intentaban hacer una revisión
desde dentro, es decir, disciplinarmente. Por el contrario, una vez teorizado
el principio unitario de las artes y ampliado así el campo artístico a
fenómenos anteriormente considerados ajenos, era precisamente el sector de las
manufacturas el que iba a ser reformado en primer lugar. Esto, si no era
exactamente la causa de la producción industrial, era sin duda uno de los
principíales anillos de su cadena; era una actividad muy directamente en
contacto con la máquina y el campo de mayor expansión, en una palabra, un
fenómeno que por varias razones estaba por encima de la arquitectura. Proponiendo
la cualificación del sector manufacturero y reclamando el interés de los
mejores artistas de la época sobre ese campo, Morris no sólo intuyó su valor
prioritario, sino que siendo grande tanto el número de los trabajadores como el
de los consumidores, influía potencialmente en toda la esfera social. La
reforma de la arquitectura y de la urbanística habría sido de tal modo una
consecuencia lógica.
Historia
de la Arquitectura Contemporánea
RENATO
DE FUSCO
Ed.BLUME,
1981
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morris
JOHN RUSKIN (1819- 1900)
The Seven Lamps of Architecture (Las siete
Iámparas de la arquitectura)
LONDRES 1849
Más allá del establecimiento de principios
arquitectónicos, los numerosos textos sobre arquitectura escritos por el
polivalente autodidacta John Ruskin se inscriben sobre todo enla perspectiva de
una moral social de gran enjundia. ParaRuskin, la teoría arquitectónica es
siempre filosofía moral y, por tanto, está relacionada siempre con la búsqueda
de la verdad. Esto se pone de relieve especialmente en el caso de The Seven
Lamps of Architecture, que Ruskin elaboró paralelamente a su trabajo sobre
Modem Painters (Los pintores modernos), su primera gran publicación sobre
pintura. Por su división en sacrifice, truth, power, beauty, life, memory y obedience
(sacrificio, verdad, poder, belleza, vida, memoria, obediencia), el libro deja
claro el lugar esencial que ocupan para el autor las cuestiones extra
arquitectónicas. Asimismo, esta inusual división en el marco de un libro sobre
arquitectura permite entender por qué Ruskin intenta expresar unos principios
universales basándose solo en sus impresiones y preferencias subjetivas, que
reúne en unos aforismos destinados a servir de reglas en la vida práctica. Con
ese telón de fondo, resulta muy lógico el rechazo de Ruskin por el
procedimiento de deducir las normas arquitectónicas de la historia de la
arquitectura; en primer lugar porque defiende la idea de que toda irrupción de
una arquitectura histórica solo resulta posible bajo las coordenadas de su
época y no puede restituirse por tanto en su propio tiempo. Al contrario de la
idea defendida por Viollet-le-Duc (1814-1879), Ruskin llega a entender incluso
la restauración de edificios como una des trucción, y no solo para la
arquitectura sino también y en general desde un punto de vista histórico. En
efecto, la restauración de vestigios arquitectónicos según la filosofía de
aquella época lleva a la destrucción de ideas, valores e ideales morales
históricos que nacieron con esos edificios. Ese tipo de errores solo pueden
prevenirse en el futuro si el arquitecto construye desde un principio para la
eternidad y si erige así un monumento perdurable a su época. En cualquier caso,
Ruskin parte del principio de que la mayor proyección de la arquitectura solo
ocurre al cabo de cuatro o cinco siglos.
A pesar de sus críticas hacia la restauración de
la arquitectura histórica, Ruskin no aboga sin embargo por un renacimiento
arquitectónico. Al contrario, insiste en que los estilos arquitectónicos ya
existentes bastan ampliamente a las necesidades de la sociedad contemporánea.
Por consiguiente, Ruskin concluye de forma dogmática: «No queremos un nuevo
estilo arquitectónico». Sin embargo, cada estilo arquitectónico debe someterse
a la prueba de la Iámpara de la verdad (Lamp ofTruth) para ser aceptado como
estilo universal. En otras palabras, para Ruskin, cada obra arquitectónica debe
poder deducirse de la Naturaleza en su calidad de creación de Dios. Esto ocurre
cuando procede de la naturaleza del hombre, por una parte, es decir, de sus
facultades artesanales, y de las leyes naturales de los materiales de
construcción empleados, por otra parte, es decir, de un uso acorde a la
naturaleza del material. Ruskin exige además sinceridad y amor a la verdad en
el ámbito de la construcción. Para é1, un pilar que no soporta ninguna carga se
convierte en un error tan reprobable como un acto inmoral.
Ruskin aboga globalmente a favor de la
transparencia en las relaciones de la construcción, tal y como se observa en el
trabajo artesanal de los materiales. Ruskin exige como una moral artesanal que
el proceso de transformación del material se exprese mediante pequeñas
irregularidades en el material empleado. En ese contexto, prefiere sobre todo
los materiales tradicionales, como la piedra y la madera, a la vez que observa
que la elaboración de nuevos materiales puede ampliar las posibilidades de la
arquitectura: «No existe ninguna ley ni principio... que no puedan abandonarse
con la llegada de nuevas condiciones o el invento de nuevos materiales». No
obstante, Ruskin solo puede aceptar esos nuevos materiales si son producidos
directamente por el hombre, o en otras palabras, de forma artesanal o natural,
y no de manera industrial. Por tanto califica el uso de estructuras
industriales de hierro como una violación de la Naturaleza. Bajo esa
perspectiva cabe entender entonces la crítica de Ruskin hacia el palacio de
Cristal (1851) de Joseph Paxton (1801-1865), que considera además como un
lamentable punto final a la tradición arquitectónica palladiana, de la Donck
and Palladian Pride. En el marco de una arquitectura meramente utilitaria,
Ruskin tolera en cambio el uso de materiales industriales a los que otorga
incluso una dignidad propia, por lo que establece una diferencia entre la
arquitectura como expresión de la belleza libre de todo utilitarismo y la
arquitectura utilitaria del ingeniero.
Más allá del aspecto moral de la verdad
arquitectónica, la crítica de Ruskin hacia la arquitectura industrial y la
tradición arquitectónica clásica se fundamenta ante todo en argumentos
estéticos. Basándose en la coherencia de los efectos en la pintura, Ruskin
defiende un ideal de diversidad arquitectónica que traduce su interés por las
cualidades estéticas de la pintura moderna de su época. De esta manera, Ruskin pone
el énfasis en el efecto pictórico de las obras arquitectónicas románicas y
góticas que muestra en The Seven Lamps y
las antepone a la monotonía formal y cromática del clasicismo. En los tres
volúmenes de The Stones ofVenice, 1851- 1853, (Las piedras de Venecia),
diencialas ideas estéticas de Ruskin quedan patentes cuando considera el
paisajismo inglés como una compensación de esa monotonía arquitectural: «Así
pues, la escuela del paisajismo inglés que culmina con Turner no es más que el
sano intento de colmar el vacío dejado por la destrucción de la arquitectura
gótica». Este estado de insaticfacción solo podrá superarse cuando la
arquitectura -así como el paisajismo de hecho- se base en la inmensa riqueza de
formas dispensadas por la Naturaleza. Con esta base, Ruskin desarrolla un
abanico de adornos arquitectónicos que van desde lo orgánico hasta formas
abstractas.
Sin embargo y a diferencia de Pugin, el modelo
debe obtenerse en primer lugar del gótico continental. Ruskin considera por una
parte que ningún estilo arquitectónico inglés merece renacimiento alguno y, por
otra, que el gótico continental resulta estéticamente más rico y ambicioso que
el gótico inglés, descrito como «pequeño y limitado, por no decir carente de
valor, superfluo e inconsistente». En cambio, debido al uso de un gran número y
una gran variedad de materiales como el mármol o el alabastro, el uso del color
en las iglesias italianas posee un duradero efecto pictórico.
El arquitecto se transformó en pintor de alguna
manera, en un pintor que utiliza la superficie de las paredes como lienzo,
subraya Ruskin en Tne Seven Lamps. Ruskin ilustra esta idea con 14 dibujos
realizados por é1 donde muestra en especial el Campanile de Giotto, las
catedrales de Caen, Rouen, Bayeux y Beauvais, y el palacio Ducal de Venecia.
Ruskin solo ofrece en estos dibujos detalles ornamentales que deben dar buena
fe de la riqueza formal de la arquitectura que tanto admira. Así elogia por
ejemplo el atractivo contraste entre los muros planos y las elaboradas filigranas
de las tracerías de la fachada del Campanile de Giotto. También llama la
atención sobre la estética ejemplar conseguida según él en el Domo de Ferrara
gracias a la riqueza de las formas orgánicas de las columnas y arcadas.
Finalmente, cabe interpretar como un homenaje a la pintura de Turner, al que
admira por encima de todo, el énfasis que pone Ruskin en la especial
interacción entre el cromatismo de los materiales elegidos cuidadosamente y la
luz del sur en la arquitectura italiana.
Además de las cualidades estéticas de The Stones
of Venice, la concepción del gótico como único estilo arquitectónico no
dogmático convirtió a Ruskin en un modelo de primer orden en su
época. El gótico no sufrió la influencia de ningún estilo anterior ni de ninguna
norma estética.
Como «única arquitectura racional», siempre se
sometió a las necesidades prácticas, aunque para ello tuviera que alejarse de
los principios de simetría y otros dogmas. Ruskin estima que esa nexibilidad
convierte al gótico en estilo universal que debe garantizar, ante el
desenfrenado progreso de la industrialización, el mayor ámbito posible de
conciencia moral y social, tal y como exigirá William Morris (1834-1896) en un
marco más ampliamente social y teórico.
TEORIA DE LA ARQUITECTURA
Del renacimieno a la actualidad
Ed. Taschen, Colonia, 200
AUGUSTUS WELBY PUGIN (1812-1852)
Edifices of the
Middle Ages, And Corresponding Buildings of the Present Day
LONDRES 1836
Contrastes o analogia
entre los nobles edificios de la Edad Media y las construcciones equivalentes
de nuestra época
The True Principles
of Pointed or Christian Architecture
LONDRES 1841
Los verdaderos
pnncipios de la arquitectura ojival o cristiana
El arquitecto y
decorador Augustus Welby Pugin rompe en sus escritos, por primera vez en
Inglaterra, con la obligada referencia del lenguaje arquitectónico clásico. En
su obra
Contrasts: Or, a
paralel between the Noble Edifices of the Middle Ages, And Corresponding
Buildings ofthe Present Day, publicada en 1836 (2º edición en 1841) asi como en
The True Pnnciples of Pointed or Christian Architecture (1841), Pugin se presenta com el portavoz de
una revisión fundamental de la historia de la arquitectura, ya que no
interpreta la arquitectura antigua y del Renacimiento como un momento de
esplendor sino como el síntoma de un declive: de ahora en adelante será la
nueva referencia la arquitectura gótica de la Edad Media, de la que Pugin exige
con fervor su rehabilitación en vistas a un gothic revival, un renacimiento
gótico.
Sin embargo, Pugin no
es el primer arquitecto inglés que alimenta esas ambiciones. Ya en el siglo
XVIII, la arquitectura gótica fue entendida al menos como una alternativa
estética al lenguaje arquitectónico clásico, aunque su uso se ciñera en un
principio al jardín ornamental inglés como lo demuestran los ejemplos de Stove
o Stourhead.
Habrá que esperar a
las casas de campo de Horace Walpole (1717- 1797), Strawberry Hill (1750-1777)
para que el gótico se erija en un contrapeso al clasicismo dominante, tal y
como lo defendía un palladiano como Lord Burlington (1694-1753). Aunque la
arquitectura de Walpole pretendía ciertamente ofrecer una demostración visual
de la monotonía de la arquitectura clasicista, buscaba con su manifiesto de un
concepto más amplio del gusto provocar en primer lugar unn ampliación del
abanico estético de la arquitectura antes que recrear en su globalidad los
principios arquitectónicos del gótico.
En cambio Pugin aboga por un rechazo radical de la
arquitectura clásica que abarca ante todo unos contenidos extra
arquitectónicos, más allá de aspectos meramente funcionales y arquitectónicos. La pasión de Pugin por la arquitectura
gótica surgió sin duda de manera decisiva tras la colaboración con su padre. De
origen francés, Augustus Charles Pugin (176Y- 1832) se instaló en Londres en
1792 y trabajó como arquitecto en el estudio del famoso John Nash (1752-1835).
Asimismo el padre de Pugin alcanzó cierta fama sobre todo por sus publicaciones
sobre la arquitectura gótica, como Specimens of Gothic Architecture, 1821-1828
(Ejemplos de arquitectura gótica), cuyo segundo tomo ya se editó con la
colaboración de Augustus Welby Pugin. Cabe pensar que otros autores de
principios del siglo XIX que empezaban a interesarse por el gótico, sobre todo
desde un punto de vista arqueológico, han reforzado la convicción de Pugin de
que algo extraordinario, sobre todo desde un punto de vista constructivo, se
había conseguido con la arquitectura gótica. Con ese sentimiento define Pugin
ya en su obra Contrasts un ideal funcionalista al entender lo bello como una
«adecuación del proyecto con el objetivo propuesto». En The True Principles exige la sencillez de la construcción,
a la que deberán someterse todos los ornamentos de la arquitectura. De todas formas, el modelo histórico de
ese tipo de arquitectura ya no es el clasicismo, a diferencia de lo que
prevalecía en el siglo XVIII, sino la arquitectura gótica con sus arbotantes,
columnitas y cruceros de ojivas.
El racionalismo de
Pugin poco tiene que ver por tanto con los ideales arquitectónicos de Laugier o
Ware, similares solo en apariencia.
Por
la importancia que concede a la lógica constructiva de la arquitectura gótica,
se aproxima más a su coetáneo francés Viollet-le-Duc (1814-1879). Esto queda patente en que
Pugin considera el modelo de la cabaña primitiva como un falso arquetipo de la
arquitectura cristiana.
Le parece
absolutamente absurdo que los edificios de piedra de los griegos puedan
derivarse inicialmente de una cabaña primitiva de madera. Al ofrecer la piedra
unas posibilidades constructivas completamente distintas a la madera, la
arquitectura de los griegos se habría quedado, a su modo de ver muy por detrás
de sus posibilidades. En cambio, el invento del arbotante y la altura de la
bóveda gótica demuestran de manera impresionante cómo los constructores de la
Edad Media supieron sacar provecho de la piedra como material de construcción. Esta lógica arquitectónica también rige
en la fachada de la catedral gótica como lo demuestran los arbotantes. Pugin
remite como contra ejemplo a San Pablo, la catedral barroca construida por Wren
cuyos contrafuertes quedan ocultos por una arquitectura ciega que nada
iustifica desde un punto de vista funcional.
Pero no solo unos
motivos de orden constructivo y funcional llevan a Pugin a rechazar las
imitaciones de la arquitectura clásica desde la Antigüedad.Pugin invoca también
en Contrasts sobre todo unas consideraciones de orden religioso para justificar
dicho rechazo. Critica el uso de elementos clásicos dado que estos remiten a la
arquitectura de los templos griegos y deben abordarse por tanto en un contexto
cultural totalmente distinto al marco cristiano. Finalmente, las mayores
construcciones de la Antigüedad, como por ejomplo los templos griegos, nacieron
por rnotivos religiosos. Siguiendo esta Iógica,la adaptación de la arquitectura
pagana dentro de la sociedad cristiana, en especial desde el Renacimiento, se
entiende como una falsa idolatría y el síntoma de la impotencia para crear una
expresión arquitectónica y cultural singular.Buena prueba de ello es la
arquitectura europea desde el siglo XV y su errónea concepción de la
arquitectura clásica como fondo de formas libremente disponible a la que remite
Pugin. Cree hallar en las obras arquitectónicas contemporáneas de John Nash
(1752-1835), John Soane (1752-1837)0 Robert Smirke (1781- 1867) una actitud igualmente
superficial.
Pugin interpreta
globalmente la evolución descrita como la expresión de un declive general de
valores, cuya causa sitúa en el debilitamiento del catolicismo y «el triunfo de
esas nuevas y degeneradas ideas sobre los antiguos sentimientos católicos».Y
solo se pudo llegar hasta ahí porque la sociedad inglesa flaqueó en su fe en la
época de la Reforma. Pugin, que se convirtió al catolicismo en 1834, vio en la
restauración de la Iglesia católica la condición preliminar para una gran
arquitectura, tal y como vio la luz en los siglos XIIl y XIV, en plena armonía
con los ideales religiosos y sociales. En concreto Pugin no se cansa de subrayar en
Contrasts la perfección de la sociedad medieval y, por consiguiente, de
asociarle una utopía social.A diferencia de la sociedad de mediados del siglo
XIX, marcada ante todo por la creciente industrialización con unos problemas
imprevisibles en todos los aspectos,
la
Edad Media representa para Pugin una época de armonía social. Algo patente
cuando interpreta la actitud desinteresada de los creyentes -sea cual sea la
jerarquía- como un rasgo esencial de la sociedad medieval. Y solo gracias
a esta religiosidad colectiva consiguieron ver la luz las grandes catedrales,
al no ser más que piedad convertida en arquitectura.
Pugin considera pues
obvio que los elementos esenciales se deduzcan del simbolismo cristiano, por
ejemplo la cruz como modelo de planta cruciforme o la verticalidad como modelo
de la inmensa altura de la nave principal.Asimismo, las formas de la
arquitectura clásica inspiradas en la cultura antigua no encuentran ninguna
correspondencia en los valores fundamentales de la sociedad cristiana y deben
considerarse por tanto como adornos carentes de sentido, sintomáticos de una
sociedad sin dirección ni valores. El hecho de que Pugin se refiere aquí a la
Inglaterra de la era industrial queda patente en la comparación que establece entre una
catholic town, una ciudad católica del año 1444 y la misma ciudad en el a8o
1840. En lugar del homogéneo tejido arquitectónico de las ciudades góticas,
aparece la ciudad de principioc de la era industrial, que combina obras
arquitectónicas de tendencia clásica con construcciones meramente utilitarias
que llevan chimeneas de fábricas. Para terminar, la cárcel moderna en primer
plano contrasta con el estado de desolación de la sociedad secularizada en la
que se ha convertido la sociedad inglesa. Pugin expresa así una imagen positiva
de la Edad Media, en las que se fundamentan las ideas reformadoras de John
Ruskin (1819-1900)y William Morris (1834-1896), aunque estos no compartieron
desde luego su fanatismo religioso.
TEORIA DE LA ARQUITECTURA
Del renacimieno a la
actualidad
Ed. Taschen, Colonia,
2003
domingo, octubre 30, 2011
domingo, octubre 16, 2011
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